Profesores de las privadas... proyectando felicidad
Trabajo en el ámbito de la educación superior privada desde hace más de dos años. Las condiciones laborales sobre las cuales se lleva a cabo la práctica docente son un universo poco explorado en el ámbito de la educación superior. La universidad donde presto mis servicios –permítaseme utilizar esta frase, que considero es precisa en el sentido que pretendo darle– es de las que se han denominado como instituciones de rango medio o de absorción de la demanda. Esta es una crónica del viaje que ha representado para mí esta experiencia y creo que traduce la de algunos colegas que laboran en otras instituciones bajo condiciones similares a la mía.
En la mayoría de estas instituciones, el calendario escolar se organiza de forma cuatrimestral. El pago es por hora, por lo que los ingresos dependen del número de horas que logra obtenerse. En la Universidad Mexicana (UNIMEX) y la Universidad de la República Mexicana (UNIREM) el profesor se contrata por honorarios y carece de seguridad social y prestaciones, mientras que en la Universidad Insurgentes, en la Universidad ICEL y la Universidad Tecnológica de México (UNITEC) tiene seguro social y puede eventualmente aspirar a obtener un crédito del INFONAVIT. En estas últimas se contrata por tiempo determinado, los maestros deben firmar renuncia al término de cada curso, de forma que no generan antigüedad, aún cuando muchos de ellos acumulan años completos en el ejercicio de la docencia en estas instituciones. Como resulta evidente, no existe sindicato de ningún tipo, ni grupo alguno que cuide los derechos laborales de la planta docente.
Cuando hay periodos vacacionales fuera del calendario escolar, la institución no efectúa pago de ningún tipo al personal docente, lo que ocurre generalmente entre diciembre y enero, así como en cada periodo intercuatrimestral. En contra de lo que espera cualquier académico, los profesores de estas instituciones desean evitar este tipo de descansos, pues impactan de forma negativa sus ingresos. En la UNIREM los días feriados tampoco son pagados al profesor.
Toda falta hace al docente acreedor del debido descuento. Existe una política de “tolerancia cero”, cada retardo amerita una falta; si es el caso, el profesor puede optar por dar clase, aún cuando no le es pagada, o por no hacerlo. Sin embargo, es regla común que el docente se hace merecedor de un “punto en su contra” si decide no atender el grupo en caso de llegar tarde, lo que cuenta para la política de recontratación. Ya sea por medio de un control de firmas o con un moderno checador de huella digital, la contabilización de los retardos es pormenorizada. Generalmente, cinco minutos es el máximo permitido para no aplicar una sanción, si bien cuando ocurre por segunda o tercera vez, según el criterio de cada institución, el descuento se aplica de forma automática. Para evitarlo, el personal docente prevé arribar con antelación, pero la institución no cubre el pago de los minutos previos que ocupa el profesor para evitar el retardo. Como es evidente, esta permanente necesidad de llegar a tiempo genera un alto grado de estrés entre los profesores.
Durante los cursos de actualización docente
En prácticamente todas las instituciones el profesor debe entregar la planeación didáctica al inicio del curso (misma que se realiza durante el periodo intercuatrimestral y, como indicábamos, sin paga alguna), donde se indican el tema, los recursos didácticos, la bibliografía y las actividades a realizar dentro del aula, sesión por sesión, para cada materia que será impartida. Si bien existe flexibilidad en el ajuste de estos elementos, se espera que sean mínimos y que la planeación sirva como una guía didáctica que garantice cubrir en su totalidad el contenido del programa.
En algunas instituciones el profesor debe llenar un kárdex, esto es, un registro pormenorizado, sesión por sesión, donde se indican la unidad y el tema revisado, lo cual es verificado por el coordinador o supervisor académico. Ante la omisión de este registro, de nueva cuenta se hace acreedor a una falta, pues se considera que no impartió clase o bien que la sesión careció de contenido. En caso de que existan alumnos reprobados en las materias que impartió, el maestro debe diseñar y aplicar el examen extraordinario, que en casi ninguna institución es retribuido económicamente.
En algunas instituciones el profesor debe asistir a cursos de actualización que imparte la propia universidad sobre temas de didáctica, estrategias de evaluación o del modelo académico. Los cursos tampoco son pagados y, aún cuando un profesor sea especialista en estos temas, debe tomarlos para poder ser recontratado. No se discute que sean útiles y favorezcan el desempeño docente, pero al ser una imposición, genera inconformidades de diversa naturaleza que sólo pueden ser resueltas si el profesor deja de prestar sus servicios.
En prácticamente todas estas instituciones el profesor está permanentemente vigilado. Las figuras que realizan esta vigilancia varían, en algunas existen prefectos, quienes hacen funciones de porteros, supervisores del comportamiento estudiantil y vigilantes de la permanencia de los profesores ante los grupos a su cargo, mientras que en otras, los coordinadores académicos pueden ingresar sorpresivamente a una sesión para observar el desarrollo de la misma. Ausentarse del aula o concluir antes de la hora, o no mantener la disciplina o la limpieza en el salón de clases, ameritan una llamada de atención o un retardo, y eventualmente se considera la posibilidad de no ser recontratado. Esta supervisión permanente hace que el trabajo sea difícilmente algo natural o disfrutable.
La oferta... ¡instalaciones de primer mundo!
La más importante política de recontratación, se deriva de la percepción de los alumnos acerca del desempeño y la personalidad de los profesores. He visto desfilar a una gran cantidad de colegas que no lograron encajar en el sistema, no por las condiciones de la vida administrativa, tampoco por falta de las credenciales necesarias o de la experiencia que requiere el ejercicio de la docencia, sino por haber carecido de los atributos que un grupo de estudiantes consideró como necesarios. ¿Qué se requiere para ser satisfactoriamente valorado? Es difícil decirlo con precisión. Un profesor demasiado flexible genera una sensación de inseguridad y de falta de experiencia. Sin embargo, hay quejas frecuentes hacia los maestros más exigentes, que esperan un alto grado de compromiso académico de parte del estudiantado. Es intolerable que exista un trato que se considere como “indebido”, por ejemplo, que haya adjetivos a los trabajos escolares, o que no se tenga un cierto nivel de tolerancia a sus omisiones, carencias o francas deficiencias. El profesor más exitoso es generalmente aquél que tiene un alto grado de tolerancia hacia las prácticas y estilos de los jóvenes, pero que simultáneamente domina su materia, que utiliza diversas estrategias y que expresa con claridad lo que se espera del alumno. En la mayoría de estas instituciones existe formalmente libertad de cátedra pero, como ha podido apreciarse, está severamente acotada en la práctica.
Como parece evidente, lograr este justo medio es sumamente difícil. La mayoría de los profesores adquieren sobre la marcha suficiente claridad acerca de lo que se espera de ellos, pero es común que las primeras experiencias frente a grupo sean todo menos fáciles, y ocasionalmente el profesor se percata de ello cuando no es recontratado. En este ámbito el profesor debe recordar que, después de todo, los estudiantes son el sustento de su trabajo.
En particular, el trabajo con los alumnos es sumamente gratificante, pero de ninguna manera es una tarea fácil. En su mayoría, los estudiantes provienen de bachilleratos tecnológicos, han sido rechazados de los procesos de admisión de la UNAM y del IPN o truncaron sus estudios en otras escuelas, con frecuencia se sienten menospreciados y con escasa motivación intrínseca. Existe una alta tasa de alumnos con problemas diversos, como disfunción familiar, dificultades económicas, embarazos no deseados y problemas de salud, entre otros. El profesor debe considerar esta heterogeneidad de circunstancias adversas para planear y desarrollar sus cursos, lo que representa un trabajo importante que en ocasiones pasa desapercibido para la institución.
Los estilos de enseñanza varían, persisten recursos propios del método tradicional que no concuerdan con el modelo educativo ni con los esfuerzos de estas instituciones por incentivar métodos constructivistas o por competencias. Sin embargo, al menos discursivamente, se exige que el profesor haga uso de diversos métodos y estrategias centrados en el alumno, lo que requiere un tiempo considerable de parte del profesor que no es contabilizado en el pago por hora. Por cada hora de clase el profesor debe dedicar entre una y tres horas de trabajo extraclase en la planeación, el diseño y la evaluación.
¿Aceptarías este desafío?
Entre la planta docente no existe un sentimiento de identidad o un espíritu de grupo. Simplemente, no es posible desarrollarlos si consideramos las circunstancias laborales y académicas que deben afrontar, y la incertidumbre propia de las políticas de recontratación. Salvo contadas ocasiones, los profesores no interactúan. En ocasiones existe un sentimiento de competencia derivado de la combinación entre la lucha por las “mejores” asignaturas y el elevado número de cambios entre el personal que se realizan en cada periodo. Los profesores entienden que se espera que se conviertan en profesionales de la docencia y que pocas veces habrá alicientes; en cambio, siempre se acentuarán los fallos y errores en los que se incurra.
No es poco frecuente que exista estrés y ansiedad entre los maestros. La incertidumbre por la permanencia laboral, la variación de los ingresos con base en el número de horas obtenidas, las exigencias administrativas, la dificultad de atender a una heterogeneidad de perfiles estudiantiles, además de la carga laboral que se debe mantener para obtener ingresos relativamente decorosos, llevan al agotamiento y, con cierta frecuencia, a problemas de salud. El docente suele manifestar frustración, sobre todo durante los primeros años de experiencia, si bien al paso del tiempo lo que he visto es un sentimiento de resignación que deriva en una práctica docente carente de sentido.
Una cantidad considerable emigra en cuanto obtiene otro empleo, algunos sin intención de retornar a la vida académica. Quienes deciden continuar, lo hacen por diversos motivos. Aquellos que permanecen por amor a la docencia, encuentran que los gratificantes sí existen. Aparecen bajo la forma de los logros (de todo tipo) de los alumnos, en la mirada decidida de los jóvenes que se oponen al destino que parecía cernirse sobre ellos cuando las puertas de otras instituciones les fueron cerradas quizá de forma definitiva. No hay, sin embargo, sentimiento mesiánico entre los profesores más comprometidos que he conocido, se trata de viajeros que encuentran satisfacción en el trayecto, aún cuando en ocasiones el camino no sea un paisaje paradisíaco, sino un sendero inclinado, donde también crecen las flores.
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