| Arlequín (Dimitry Matasoff)
Se abre un nuevo sexenio y podemos deducir que la educación volverá a ser parte de un discurso lleno de promesas que jamás se cumplirán. El analfabetismo y la no-educación son funcionales en un país como México, como lo prueban las recientes elecciones. Los pésimos índices educacionales, la mínima cobertura, desigual por regiones, y los rezagos en todos los niveles han garantizado que la manipulación política logre sus cometidos estando en manos de los que han ideado la dictadura perfecta. Como sabemos, se trata de una casta político-empresarial que nunca se ha ido, y que hoy reinicia una nueva etapa gracias a estrategias tramposas que les tienden a los sectores más vulnerables de un pueblo cuya no-educación se mide en términos de raitings, y no de cobertura. Formamos parte de un pueblo cuya mayoría no lee, no se informa en las buenas fuentes, y como consecuencia no logra desarrollar el suficiente criterio, y por lo tanto está imposibilitado de ver y entender su propia realidad. Una realidad que vive en el ancestral fatalismo que le provoca angustia, misma que resuelve metiéndose en la pantalla televisiva donde la vida es a colores y las historias parecen más divertidas (“si quieres ser feliz no leas los periódicos”, fue el consejo de un presidente en turno). Podríamos afirmar que hoy, el verdadero aparato “educativo” en México, son las televisoras y sus sucedáneos, cuya capacidad de deseducar sin necesidad de expedir ningún diploma, muestra una eficacia total. Si la OECD las tomara en cuenta no estaríamos en el último lugar.
Un triunfo, sin embargo, que surge como contrapartida de la enajenación política imperante, es la sorpresiva e inesperada contraparte que ha tomado forma y cuerpo en los nuevos movimientos sociales, generados por estudiantes, que han traído luz, nuevas fuerzas, talentos y energías al gastado mundo de la política. En este instante de impugnación y denuncia necesarias, por encima de los números y sus porcentajes fatales, surge un triunfo cualitativo cuya imagen tiene la frescura y la fortaleza de la juventud estudiosa. Los hechos de estas últimas semanas, nos han obligado a revalorizar y reconceptualizar esa juventud que con sus rostros limpios frente a las cámaras, han blandido el estandarte de la búsqueda y defensa de la verdad. Esta realidad, tan bella como digna, tan limpia como vital, contrasta abruptamente con el trabajo político asesorado por la mercadotecnia de las grandes televisoras, los creadores de ficciones, cuya tarea ha sido y continúa siendo justamente la contraria: la búsqueda y la defensa de la mentira. Un tipo de éxito y efectividad que no hubiera sido posible sin la capacidad de delinquir, de burlar reglas de juego, de maquillar y vestir títeres, esos actores vacíos que hoy convierten a la presidencia en el escenario de un vodevil protagonizado por una marioneta y su colombina. En el despertar social propio de los tiempos electorales, se impone con astucia el artificial producto de la magia televisiva, cuya religión se nutre de falsos dioses, mientras que como reacción crece y se fortalece el sector ilustrado, científico, en donde se sitúa la inteligencia. No debe sorprender que en los fuertes contrastes de la estructura social mexicana, no haya analogía ni clase media, y en consecuencia inteligencia e ignorancia se confronten de manera desigual.
El contraste entre luz y oscuridad, es decir, entre verdad y mentira, no ocurre sin paradojas. En términos técnicos y metodológicos, el PRI ha mostrado no solamente cinismo, también astucia y disciplina, tanto en su forma de trabajar como de pensar. Y es así como ha podido controlar factores emocionales tales como la subjetividad, la frustración, la angustia y la envidia para canalizarlos sin titubeos hacia la recuperación del poder. Si bien es una clase poco preparada intelectualmente, sabe asesorarse por elementos lo suficientemente entrenados como para brindar, en su calidad de expertos de la mentira, ese tipo de terapia propia de los manuales de auto-ayuda, útil para evadir crisis existenciales, dominar arrebatos o emociones, y mantener un temple frío, solo posible cuando se ha hecho a un lado la auto crítica y la conciencia. Una psicopatía desde la que se ha urdido la comedia que toma forma de múltiples discursos vacíos y puestas en escena que hoy nos definen ante el resto del mundo como un país de telenovela. El cinismo de los políticos del PRI, es el resultado del que logra reprimir y dominar sus emociones, intuyendo que de ello depende su supervivencia y la de su carrera política.
 La marioneta (Shawn Van Daele)
Se trata de dos formas opuestas de hacer uso de las capacidades humanas, mente y sensibilidad. Uno dedicado a la simulación histriónica vacía y superficial, que busca el poder, y otro que cree en la actuación con contenido y dirección que busca el aplauso que transforma. La juventud no debería crecer ante el ejemplo y la frustración que provoca el triunfo de la comedia sin arte, cuya mediocre actuación deja ver la mentira y mata la ilusión, afectando incluso la institución educativa, que reproduce ese triste guión, y en donde de todas maneras la juventud se abre paso para definir su verdadera identidad y encontrar su propia verdad. Sexenios de práctica y triunfo de la falsedad golpean como un martillo intermitente sobre los perseverantes esfuerzos de esos excepcionales maestros que sostienen a la educación formal e informal gracias a su compromiso y vocación. Podemos aventurar la hipótesis que muchas de las virtudes que han mostrado en las últimas semanas nuestros estudiantes son producto de la capacidad de pensar por sí mismos, de su herencia cultural (la presencia de un buen abuelo, de un familiar admirable, pero también de un maestro o de una profesora respetuosa y dedicada, que afortunadamente allí están). No sabemos a ciencia cierta quién, pero alguien sembró en ellos la semilla de un ego lo suficientemente fuerte como para lograr capacidad de control y disciplina y tener la fe y energía necesarias para echarse hacia adelante en el instante preciso.
Lo que ha sobresalido en las acciones bien organizadas y oportunas de esta nueva juventud, ha sido su creatividad, entendida ésta como capacidad de respuesta innovadora. Ello lo ilustra brillantemente ese primer video en defensa a la verdad, como reacción a las mentiras que provocó la famosa visita de EPN a la Ibero. De allí surge nada menos que el movimiento “#YoSoy131”, a partir del cual tantos otros, viejos y jóvenes somos hoy los 132. No es fácil de explicar esta cohesión espontánea de una juventud diversa, emergiendo de diferentes planteles, públicos y privados, sin importar clases sociales ni niveles. Un impulso tanto a favor como en contra de la disciplina, en la medida de que forma parte de un proceso liberador que rompe reglas.
Estos hechos aparecen como un desafío para los muchos viejos que han elevado exageradamente el promedio de edad en las plantas académicas de la educación superior en México. Es hora de que este grupo maduro así como los nuevos que vayan ingresando a ocupar su lugar, revaloricen a ese joven, y dejen de calificarlo como seres pocos preparados, incapaces de leer, de escribir, de participar en clase, como si algo en su intelecto estuviera mermado. Son comunes estos comentarios, los escuchamos todo el tiempo, hoy más que nunca podemos pedirles a los que así se expresan y así los califican, si no se han preguntado sobre sus propias mermas. Porque hoy tenemos la prueba patente de la capacidad creativa de la juventud, de su capacidad de respuesta, del marco conceptual que les permite tener criterio y saber responder. Lo curioso es que esta capacidad no es producto de la disciplina y la sumisión al pensamiento lógico, sino de la libertad, que requiere cierta relajación de la disciplina, nuevas rutinas de estudio y de comunicación entre sí (sin duda alentadas por los nuevos medios electrónicos) y lo que es más importante: del reconocimiento y la sana canalización de sus emociones. Al contrario del que profesa la mentira, que requiere matar su sensibilidad, el estudiante deja salir sus emociones, porque son parte de su camino a la verdad, y al hacerlo aportan con algo que a muchos profesores parece habérsenos olvidado: el entusiasmo, la motivación, la pasión, la subjetividad y la clara confianza en ellos mismos, todas ellas emociones que gestan el momento creador. Hoy han dejado claro que construyeron con éxito su ideal auto-formativo, su capacidad de aprendizaje, y por eso podemos afirmar que el nuevo estudiante mexicano es un ser creativo y prometedor, es un actor del drama cuya tensión se resuelve en la esperanza.
Sin embargo, no es todavía un científico. ¿Qué le falta para serlo? Pues en primer lugar, la renovación y el dominio del conjunto de reglas de comportamiento social cuyo acatamiento confirmará en el tiempo su pertenencia a la comunidad y su potencial para continuar siendo un factor clave para su transformación. Para que el conocimiento y la verdad triunfen y avancen, debe imponerse la honestidad y la autenticidad del estudiante frente a su material de estudio, frente a su proyecto de vida, de manera que cada uno pueda confiar en la posición y afirmación de su compañero. Como nueva clase política, porque de allí surgirán los nuevos líderes, deben sistematizar las modalidades en su búsqueda de la verdad, para lograr con su calidad de pensamiento y de vida, ese status superior, semejante al de un título de nobleza, que forma parte de las categorías científicas que no son necesariamente las mismas que las administrativas. Sobre todo, el alumno deberá dominar las reglas de la comunicación verbal y escrita sin las cuales no logrará el tipo de reconocimiento y cooperación que requiere por parte de la comunidad.
 -@@@- (Alberto Laurenzi)
Las redes sociales son un tejido de intercambio de información y hay que saber valorar la forma en que se realiza este proceso de intercambio. Hoy nos queda claro que el estudiante no es una individualidad aislada, que forma parte de toda una estructura de grupos de trabajo, que derivan en asociaciones regionales, nacionales e internacionales, que son las que nos vinculan con el mundo. Los profesores debemos de aprender de lo que está ocurriendo hoy en México, entender que estamos obligados a hablar un lenguaje común con nuestros estudiantes, compartir una cosmovisión, como sistema de valores, que incluya la mitología y el arte. Antes la socialización básica se daba en el seno de las familias, hoy la universidad juega un papel crucial en ello. Es aquí en la universidad, donde se reafirma y se refuerza su pertenencia a una familia que es parte de una sociedad más amplia, una sociedad que comporta un territorio y una cultura, y que encuentra sentido en la búsqueda de la verdad. Lo que hoy estamos viviendo es parte de un ritual comunitario, donde intercambiamos informaciones e ideas, donde se da expresión y resolución a los conflictos, donde se van a reforzar y ampliar los valores que el estudiante ha internalizado por su propia cuenta, donde podemos consolidar su sentido de identidad y de pertenencia.
Por último, hablemos de la relevancia de esto que hoy ocurre en México sobre el futuro de la universidad. En el futuro la universidad no podrá seguir el actual esquema basado en carreras, programas y catedráticos. Son jerarquías que van a desaparecer. El núcleo básico será el “círculo de estudio” compuesto por estudiantes, guiados por estudiantes de estadios más avanzados y administrado por estudiantes. Estos círculos se basaran en el diálogo, la lectura y las interpretaciones, siguiendo un giro epistemológico, que ni se detiene en el univocismo propio del positivismo, ni en el equivocismo característico de la filosofía postmoderna. Así, iremos abriendo el paso por caminos como la hermenéutica analógica que es una aportación nuestra, mexicana (conozcamos al filósofo Mauricio Beuchot) para originar múltiples pedagogías inéditas. Para estudiar, sintetizar, prepararnos para el diálogo se hará lo que hoy ya hacen los estudiantes, apoyarse en las redes, para comunicarse, para informarse, tomar nota y opinar sobre la síntesis que presenten sus compañeros, seguir aprendiendo a trabajar juntos, abordando el conocimiento como un todo, desde ángulos diferentes, en suma, asumiendo la complejidad (estudiemos al visitante y amante de México, el filósofo Edgar Morin).
La búsqueda de la verdad es parte y pasa por estudiar los aspectos fundamentales de las humanidades, las ciencias, las artes y la tecnología, incluyendo las matemáticas, utilizando las nuevas técnicas que le quitan el halo mítico a las mal llamadas ciencias duras, de modo que nadie se asuste ante las nociones básicas del álgebra, probabilidades y cálculo elemental. La planta docente adquirirá otra forma, menos profesores de carrera, y más de aquellos en los que prevalece mente y espíritu joven, es decir, puros jóvenes, sin que importe la edad. Todos compartiendo seminarios, encuentros o conferencias con los necesarios y admirados gurúes, los de mayor experiencia, los reconocidos, los príncipes y las reinas del conocimiento. Estudiar, leer, escribir, ocupará en este nuevo mundo que hoy se viene acercando, la mayor parte de la jornada de trabajo educativo, se dedicará al trabajo intenso, resolviendo problemas sociales, de mano de la comunidad, sin horarios, sin otro límite que los de nuestros ritmos de vida, para de esa forma avanzar hacia la perfección que en la búsqueda de la verdad existe, como existe en el arte. Esto se complementará con actividades deportivas, turísticas, de recreación, ocio, disfrute, en la medida que todo ello forma parte del buen vivir y de una vida sana (ideas tomadas de maestros mexicanos tan preclaros como Roger Díaz de Cossio o Luis Eduardo Primero). Podemos de esta manera imaginar un futuro no tan lejano, que ya estamos construyendo, en que la universidad este compuesta de puros círculos de estudio, trabajando para los problemas urgentes y relevantes de la sociedad, basados en dos principios pedagógicos básicos: “aprende más el que enseña que el que oye y se aprende más de los condiscípulos que de un profesor tradicional”.
 Vieja escuela (Claus-Petersen)
Vivimos tiempos de transición y de cambio, hoy el mundo es ya otro, México se convulsiona ante los lastres que se empecinan en anclarla en un régimen que ha dilapidado y vejado la riqueza natural, social, económica, hasta llegar al alma misma del mexicano. Hoy la verdad y la mentira están confrontadas en el campo de batalla, que toma la forma de un teatro, de un escenario. Algunos lo observan desde su sillón, como si se tratara de una telenovela que los distrae y los duerme, otros, muchos otros, lo entienden como el drama que los mantiene vivos y despiertos. Hoy estamos luchando con nuevas fuerzas para lograr, de una vez por todas, ese final feliz que precede a un comienzo nuevo.
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