Con profunda pena comunicamos el fallecimiento del Dr. Eduardo Ibarra Colado, fundador del Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano.
De rechazados a estudiantes o ¿clientes? en la educación superior privada
Estamos iniciando el año 2013, como es sabido hace algunas semanas se publicó la convocatoria del proceso de selección a la Universidad Nacional Autónoma de México y a la Universidad Autónoma Metropolitana, pronto sucederá lo mismo con el Instituto Politécnico Nacional y, seguramente, con las universidades públicas estatales, además de las instituciones que forman parte de otros subsistemas de educación superior. Al concluir estos procesos de selección, también como ya sabemos y como ha ocurrido en los últimos años, seguramente miles de jóvenes se enfrentarán a la terrible frustración de lo que representa no lograr el tan preciado ingreso a la universidad, quedarse apenas a “unos cuantos aciertos” o, en el peor de lo casos, ni siquiera haberlo intentado ¿para qué? …si ya saben lo que va a ocurrir.
Últimamente, camino por los pasillos de mi universidad, como lo he hecho desde que no había pasillos, y me ocurren cosas que antes no me ocurrían. De pronto, en el vestíbulo, un colega de siempre, de esos que consideramos amigos porque hemos convivido con ellos infinitos años, aunque nunca hayamos compartido hombro con hombro salones de clase, ni juntas, ni contiendas, sino más que nada el encuentro casual, casi cotidiano, promovido por el trazo de ese arquitecto que quiso destinarnos al mundo de las crujías, se detiene y de una manera nueva, inesperada y distinta, nos saluda. El “hola, como estás” tiene un nuevo tono y trae un nuevo ritmo. No es un hola de paso, no es un saludo convencional como el de todos los días que se repiten. Es un hola que viene seguido, casi de inmediato, de un silencio y la noticia, en otro tono, de su inminente retiro.
Cuando las barbas de tu vecino veas cortar... de Isaac Mahow
El seis de febrero pasado culminaron las modificaciones constitucionales que dan base legal a la denominada reforma educativa. En esa fecha, la Cámara de Diputados declaró que con 23 votos de los congresos del mismo número de entidades federativas, se declaraba válida la reforma mencionada, cuyo punto álgido, como es conocido, se refiere a la evaluación del desempeño de los profesores de educación básica y sus consecuencias sobre su permanencia. El asunto era tan delicado que provocó impensables reacciones de la lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, quien argumentó, de manera reiterada, que su oposición a la reforma se concreta a la palabra permanencia, porque la evaluación no debe ir en contra de los derechos laborales adquiridos. La maestra Gordillo, se dio el lujo incluso, de demandar una reforma de mayor calado en el tema.
En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: "Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo" (Pensées; XXIII). Si de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión le desternillaría de risa. Nacido sin esprit de finesse, desesperaríase en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado a no adentrarse en las cosas o en las personas. Su tontería no presenta soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase que el armiño de su candor no presenta una sola mancha de ingenio.
Hoy tengo que hacer un alto para inclinarme ceremonioso y honrar la memoria de este amigo que acaba de morir. La eternidad, para él, comenzó este pasado miércoles, en el ocaso de diciembre del año 2012. Desde el inicio de nuestra amistad, aún siendo muy jóvenes, compartimos largos tramos de la vida cotidiana y de la vida universitaria. Hoy, unas cuantas horas después de su partida, me rebelo contra el tiempo, contra el día de mañana, contra ese oscuro y abolido día del olvido, el día de la espera cuando nadie llega. Entonces repitiendo un gesto cotidiano, me siento frente al escritorio, y escribo, como si tallara en mármol, un nombre y una fecha con el afán de honrarlo y mantener sonoro nuestro diálogo. Al evocarlo escucho su voz preguntándome si pienso escribir un panegírico y elevar su memoria hasta esas alturas que lo alejen de lo que realmente fue. Claro que no, respondo, un poco asustado por los impulsos que pueda provocar la amenaza del recuerdo a medias o el fantasma del olvido. Creo que lo que más entristece cuando alguien se va, es el olvido. La soledad que nos deja el que hasta ayer estaba allí a la mano, es la primera forma del olvido. Y no es por voluntad que olvidamos. Simplemente dejamos de guardar en la memoria lo que creímos inolvidable. Entonces me pregunto y le pregunto, ¿en dónde empieza o dónde acaba la memoria? ¿Cuál es la forma correcta de escribir algo en memoria del que no queremos olvidar? ¿Por qué escribir en lugar de repetir aquellos pensamientos que alguna vez compartimos? Pienso en aquél prólogo a su libro de 2007 titulado “Memorias Universitarias”. No existía el peligro de convertir en mito el retrato que había hecho de él y que sometería a su lectura. Escrito con los temores propios del que se exponía a su dictamen, y tratando de huir del peligro de ir demasiado lejos en el afán de enaltecer la memoria del amigo, o de algo que puede ser aún más peligroso, aprovechar la ocasión para hablar de uno mismo. Otra vez la voz de Daniel me recuerda la necesidad de no hacer evidente lo poco que se parece a nosotros lo que de nosotros decimos.
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